Los segundos pesaban más que las esposas que llevaba en las manos, el trote de los policías de la eficiencia se sincronizaban con las señalizaciones de eficacia en las calles vacías.
Todo acabó para él, su nombre no ha de importar pues pocos son los minutos que le quedan, el reloj de la torre iba a toda marcha, eran las 28:62 am en un jueves tan acelerado como otro, o no. Este fue peor.
Iba atrasado.
La ejecución de aquel hombre tendría lugar en la plaza del Eterno Servicio, miles de espectadores presenciaban aquel trágico suceso.
La omnipresencia de las pantallas bañaba los edificios de un tono azulado que contrastaba con el hormigón gris. Nadie en la calle pues todos ocupados y nadie dispuesto.
Dos minutos.
El hombre quiso correr, gritar, pensar. Nada, su tiempo agotado y puesto en deuda sería juzgado en el patíbulo, ¿lugar del castigo?
Una silla con cuero negro con marcas de rasguño en las posaderas de los brazos.
Un minuto. Y contando.
Subieron las escaleras hasta llegar a la sillas donde lo esperaba:
— El jerarquizador -murmuró el culpable-.
Tragó hondo, la lágrima tardó en salir, su tiempo ha acabado.
Treinta segundos.
— Tarde -anunció el Jerarquizador, un hombre sin cejas y sombrero de vidrio-.
— El reloj se aceleró máximo Jerarquizador -balbuceó uno de los policías con porra en mano y al culpable sujeto en la otra-.
Alzaron todos la vista al gran reloj. Con total razón, el reloj añadió otra hora al día, imposible contar los segundos, solo quedaba aproximarse a ellos.
— Hoy 44 de JUNIO a las 28:64 am se ha de llevar la sentencia de…
Las sentencias se anunciaban en las transmisiones en vivo como el segundo show más visto después de la Carrera de Taquiones.
— Se ha encontrado culpable y sentenciado a infinidad después de hackear el sistema de material séptimo artístico, conocido como Película. Obligando a más de dos millones de espectadores -las personas colmaban de desprecio los comentarios- a experimentar la lentitud, pues han visto esta cinta a velocidad normal.
Los policías temblaron ante las últimas palabras, el culpable sintió que la sangre saldría de los poros, sudaba frío y el cabello se quedó tieso. Congelado.
— Ha sido condenado a experimentar la vastedad de todo y nada por -revisó su cuaderno amarillo y apretó los labios en una u invertida- cinco segundos.
Cero segundos. Agotado.
Los policías avanzaron, el culpable se sacudió, pataleó buscando zafarse del castigo.
— ¡No! Espere, trabajaré en rapidez forzada, subiré la velocidad a 8x -sonreía incapaz de creer lo que a punto sucedería- no no. Trabajaré en resúmenes de películas, se maximizará el tiempo, ¡ESPERE!
Los policías lo ataron a la silla, colocaron la inyección, el líquido obsidiana subía por el tubo con rapidez, el Jerarquizador anunció:
— El culpable entrará en pausa entre las 28:66 y 28:68 am.
Todos esperaban con entusiasmo, otros con tristeza. El Jerarquizador solo exclamó:
— Imbécil.
Los ojos del culpable se movían frenéticos, dió espasmos y vociferaba la lengua del demonio. Sus venas sobresalieron, no hubo llanto, solo gemidos ahogados y rasguños a las posaderas.
Cinco segundos.
Cuatro.
Tres.
Dos.
Uno.
28:69 am. El tiempo continuó su curso.
El Jerarquizador alzó la mano, los policías liberaron al hombre.
Sus ojos ahora blancos no mostraban sino quietud, la baba escurría por su barbilla enfriándose con el viento que mecía la desgracia osadía de jugar con el tiempo.
El Jerarquizador abrió su cuaderno amarillo por pura rutina, la transmisión alcanzó su pico, abandonaban los entusiastas dejando a los curiosos. Hizo las preguntas de siempre.
— ¿Está ahí ex culpable?
Su silencio fue música.



