Un paso más.
Hace rato que los caníbales nos perdieron el rastro. Mi cuello sudaba tierra y ganas de vivir, mi piel protegida por la espesura de los bosques a punto de acabar y mi cerebro con calma estoica aguardaba el momento para enloquecer ante la nada. Mis pies dormidos por la huida soñaban con descansar.
Envidiaban a mi hermano que transportaba en silla de ruedas. Mi envidia llevaba a golpear su silla cada pocos minutos.
Los árboles que marcaban el inicio del calor carecían de hojas. Mi hermano jugaba con sus manos y acariciaba su barba como si fuera un sabio. La palidez de su cara pronto enrojecería, ante este problema, imaginé a un público que siempre hacía la misma pregunta.
¿Por qué no lo abandonaba?
Fácil, bueno, no tanto. Mis padres tuvieron una muerte civilizada, se fueron dos meses antes de esto. Y ellos me encomendaron protegerlo. Sentía un deber. No ¿A quién quiero engañar? Me suicidaría al pensar cuantos minutos duraría sólo. No podría dejarlo.
No otra vez.
La primera vez lo intenté en un valle con buen viento y hierba alta, le mentí diciendo que iba a orinar, que me esperara. Él admiraba el sempiterno gris en el cielo, le dije que era polvo, no me hizo caso.
Caminaba tarareando el estribillo de Home de Billy algo. Luego escuché un grito. Mis pies continuaron y no giré para ver, pero mi mente, me gritaba. Recuerdo que mis manos se apretaron tratando de hacerme daño, consiguiéndolo. Los dientes se sumaron a la protesta y llenaron mis labios de sangre. Aminoré la marcha. La sal de mis lágrimas me quemaba y refrescaba mis mejillas. Después, gritó mi nombre. No lo soporté. Me giré y corrí.
Todavía con su pijama azul y con la cara llena de mosquitos. Trataba de alcanzar sus pies. Me acerqué, debajo de la silla había un nido de hormigas, subían a sus pies descalzos y mordían sus venas. Lo moví y lo llevé conmigo hasta la carretera. Aún gimoteaba, pero se alegró al ver a un perro huyendo de quien sabe qué.
El recordarlo me quemaba como un pedazo de carbón en la mano.
Los caníbales se perdieron en la bifurcación hacia el bosque. Eso fue hace unas horas. El calor del asfalto devoraba mis pies, el viento, aunque disfrutable entorpecía mis oídos, sórdidos ante el peligro. Imaginé un reloj de arena, vacío, supuse que era todo lo que nos quedaba. Lo escuché roncar, me quité el suéter y con ella cubrí su cabeza. Sentía envidia. También anhelaba sentarme y descansar.
A mi izquierda, en la hierba alta y seca, nos observaba un ciervo. Lucía como una estatua, su vigilia se mantuvo hasta después de dejarlo atrás. Un rato después, escuché unas risas de burla, de satisfacción, a eso, le siguió un grito de dolor.
El ciervo.
La sangre en el viento ahogaba mi nariz. Mi hermano aún dormía. Hubo otra risa, y acepté que pronto llegarrían.
Golpeé la silla de nuevo, mis piernas flaquearon, pero no cayeron, ignoré mis jadeos y las sombras furtivas que se escondían en el monte, no fue mi intención, nada más anhelaba una pausa.
Una horas más tarde, me saludaban. Agitaban sus brazos desde lo alto de unas montañas, sus barbas incipientes y sus pechos quemados eran visibles.
La carretera guardaba su distancia, aunque no la suficiente, los veía, y ellos a mí, con una oportunidad los mataría y ellos a mí.
Bajo un puente de madera seco, un río tranquilo fluía sin estrés. Un poco más allá el camino se dividía en tres, las descripciones en el letrero fueron manchadas con un líquido negro que hace mucho se secó. Mi hermano despertó, alzó la vista y se encontró al cielo gris con promesas de lluvia. Se rio y me miró, le di una palmada en el hombro y le apreté, gimió de dolor. No lograba evitarlo. Enterré mis uñas en mi antebrazo como castigo, se hinchó un poco sin desbordar sangre.
— ¿Qué camino quieres tomar? -le pregunté esperando cualquier respuesta-.
— Hemmm.
Sus ojos estaban rojos y su sonrisa de dientes amarillos me alivió, él cargaba con la felicidad de los dos. Señaló el camino de la derecha, más carretera en un valle de plantaciones secas de maíz. No se veía un destino cercano, apenas una tienda regalos abandonada, después, pavimento caliente por kilómetros.
Llevé a mi hermano hasta el pequeño establecimiento. Todo normal, peluches sucios, suelo lleno de tierra y algunos dulces en buen estado. Agarré unas paletas de menta, él estiró sus brazos, la saliva quedaba adherida a su barba. No lo culpo, las raciones se acababan, con suerte, durarían un par de días.
Mi mandíbula crujió de dolor, mis papilas gustativas salieron de la tumba para probar semejante manjar. La mastiqué sin prisa, debía disfrutarla. Él se tragó la suya, lo conocía bien así que partí la mía a la mitad y se la ofrecí. Escuché un torpe “gashias” con voz ronca.
Respiré profundo, las risas acortaban su distancia.
Disfruté del polvo en el suelo, y la tosca tierra entrando por mi nariz. Mis piernas susurraban un poco más de descanso, un poco más de tranquilidad. La puerta de madera se golpeaba con ligereza, me deslicé a través de ella, alejándome de la tienda, él lo notó.
— ¿Vas? -me preguntó con la paleta en las manos-.
— Voy -quedaba tiempo. Retractarme-. Voy a orinar.
Me escondí en la hierba seca, alta y llena de gorgojos muertos. Escondido ahí justo en frente, podría verlos llegar.
El sol comenzaba a descender, ya no quemaba, calentaba, dolía, no era peor ni mejor. Mi hermano comenzó a llorar, al principio gimoteaba, luego tocía y continuaba. Se había quedado sin nada que comer.
Pude verlos después de diez minutos, tostados y mirando a todos lados, descalzos y dejando sus huellas de sudor en el asfalto caliente. ¿Quién pensaría que ellos eran abogados, doctores o corredores de bolsa? Encargados de nuestro bienestar.
La lucha no sería fácil. Debía asesinar a cuatro hombres. Todos con hambre de carne y sangre. Ellos me separaban del camino y de mi hermano.
No, mi hermano me separaba del camino ¿Algo cambiaría? No es el típico mejor amigo o esa novia con la relación a punto de morir. Mis padres pidieron que lo cuidara. Ese mundo ya no existía.
Al mirar la tienda y escuchar el llanto, se golpearon unos a otros como si hubieran encontrado un paraíso, un edén, una salvación. Evitaron correr, pero sus sonrisas y sus manos inquietas contaban los segundos para almorzar.
Una rama seca yacía tranquila, tal vez contemplaba la oscuridad de mi ser. La clavé en mi brazo izquierdo sin pensar, la sangre refrescó las raíces secas. Mi mano temblaba, lágrimas caían agolpándose en mi barbilla. Sufría, pero no tanto como mi hermano.
Comenzaron unos minutos después. El rechinar de la puerta pudo escucharse hasta en la lejanía. Dos se quedaron afuera mirando a mi hermano. Dejó de llorar por un momento. Él no sabía que hacer, así que dijo:
— ¿Ustefes comen?
Dejaron de reírse. Asintieron. Y ahí empezó la masacre.
Lo golpearon en el estómago, cayendo de espaldas buscando aire. Los dos de afuera se unieron a la tortura. Recuperó el aliento y lloró otra vez. Le sujetaron las piernas y brazos. Un tipo de piel blanca, ronchas rosadas y pantalón verde alzó el pie izquierdo de mi hermano y gritó:
— ¡Bon appétit!
Todos gritaron. Él dio el primer bocado. Le arrancó de una mordida el talón, los demás devoraban su pantorrilla. Él los golpeaba, buscando alejarlos. La sangre mojó el suelo. El sufrimiento era claro con cada alarido. Sus brazos tocaron el piso, quizás entendió que no valía la pena. Antes de callar sus quejidos...
Gritó mi nombre.
Me buscaba con la mirada. Buscaba a su hermano mayor. No lo halló.
Acabaron con ambas piernas y limpiaron la sangre endurecida del suelo con la lengua. Charlaron un rato con mi hermano en el centro, como si estuvieran en una hoguera. Luego se acostaron.
No me di cuenta, pero arañé mi cara. Resoplé y rasqué mi cráneo, yo también murmuré su nombre todo el rato.
Ellos entraron en el sueño profundo. No me acerqué. Pude matarlos, la certeza quemaba mi cerebro, pero ¿Para qué? El cansancio me dejaría al borde de la nuerte. Dejé que lo mataran. La idea de un sepulcro digno hervía mi sangre. Lo merecía.
Soy un hipócrita.
Mis pies anhelaban un descanso. El sol se ocultaba detrás de mí, la luna no saldría esa noche, dejándome a oscuras. Mi bolso se cayó de mis brazos unas horas y kilómetros atrás. Sentía el sudor del cuerpo secarse con el gélido viento, la hierba seca se meneaba de un lado a otro. Tranquila.
Escuché esas risas otra vez, desconozco si dejaron algo de mi hermano que no fueran los huesos, quizás encontraron la mochila, eso los distraerá.
No hay nada, solo pavimento frío por kilómetros. Luces aguardan al final del horizonte, parecidas a las de un pueblo.
Si es esperanza, no la merezco. Creo que es mejor volver.
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